Ya se me hacía imposible quedarme, más me lo parecía irme. No quería
hacer daño a nadie, quería irme de puntitas por la puerta de atrás y no
dejar de correr hasta llegar a California, en lugar de eso tomé una
decisión: rezar. No hallaba otra forma de encontrar respuestas, ni de dar
con una salida correcta en la que nadie se viese perjudicado, ya había
llegado a mi límite, todo se me había salido de las manos ¿Tenía mejor
opción que ponerlo todo en manos de quién había planeado mi vida aún antes
de que yo existiese? Nadie mejor que Él para darme la salida a los problemas,
que aunque no eran tantos, sentía que me iban consumiendo lentamente.
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